El Botas
Yo quería venganza, por eso conté tu historia
N. del A.: Una tanda es una forma de ahorro y préstamo muy común en México y otras partes de Latinoamérica. Los participantes aportan dinero periódicamente y, cada vez, uno de ellos recibe el monto total.
Pinche Botas. Te mamaste.
Eso no se hace.
¿Se te olvidó que de aquí saliste?
Siempre decías que tú eras diferente, que por eso no te juntabas con la banda de la cancha de básquet; y resultó que era cierto. Siempre creímos que nos sacabas la vuelta porque te daba pena andar toda la vida con los mismos zapatos de soldado raso: con esos ibas a clases, jugabas futbol, básquet ó lo que sea que nos pusieran a hacer en educación física. Con esos zapatos ibas de un lado para otro haciéndole recados a tu mamá. De verdad que no eras tan diferente de nosotros como creías; nomás que a nosotros nos tocó ponerte el apodo.
¿Te olvidaste, pinche Botas, de que los tenis con los que les ganamos al Moncho y su bola de gandallas te los compró tu mamá con el dinero de la tanda? ¿Te olvidaste de que aquella vez que le tocó a mi mamá pagar los tamales de La Candelaria, el dinero lo sacó de ahí? ¿Se te olvidó que así es como ahorramos? ¿Que aquí no le pedimos dinero al banco? ¿Se te olvidó que no eres el único que se trepaba a un autobús atiborrado, todos los días, para salir de este barrio; para ir a algún lugar no tan lejano en el mapa pero que parece otra ciudad? No sé qué te pasó, pinche Botas, pero eso que hiciste no se hace.
Un día empezaste a agarrar el camión a la universidad; te funcionó lo de sacarnos la vuelta para no desconcentrarte de los estudios. De ahí y te traías palabrotas para acá. «Movilidad social», sonaba chingón. Te empezaste a vestir con el lenguaje del cerebrito que siempre supimos que eras. Pero nos caías bien, pinche Botas. Empezaste a usar zapatos encharolados que llevabas a bolear a algún quiosco del centro. Empezaste a exigir que te llamáramos por tu nombre: Miguel Ángel. «Como el inventor», decías; pero yo creo que era más como el arcángel: con su espada en alto y el pie sometiendo al demonio. Nunca te hicimos caso, para nosotros ya tenías nombre. Nos veías desde arriba, pero nos caías bien. Pero resultaste ser la víbora y no el pie que la aplastaba, pinche Botas.
Desde chavito te querías ir y te fuiste. Te fuiste sabiendo ya que no ibas a regresar y mejor ni regreses: El Moncho te anda buscando y ese güey ya no es como antes. Aquella vez del partido, nos salió barata. Ahora ya son banda pesada. De verdad que ya ni vuelvas, pinche Botas. Quédate allá donde se te olvidó que los vecinos nos dieron chance de entrar a la tanda aunque fuéramos menores; les dio ternura que quiseras comprarte otros ténis para reponer los que te quitaron; les dio risa que quisiera arreglarme el diente que me rompieron esos hijos de la chingada. Tuvimos suerte, nos tocó el dinero casi al principio, primero a mí y luego a ti, a las dos semanas. La tanda nos terminó prestando dinero, ¡a nosotros, que ni credencial para votar teníamos!
Neto que ya no regreses. Quédate ahí en el edificio en el que ahora vives —sí, sabemos por dónde andas—; uno de esos en los que no conoces a tus vecinos y, casi seguro, tus vecinos ni te quieren conocer a tí, pinche Botas. Sigue así: que ni sepan quién eres. Imagínate que se enteran de que dejaste colgada a la banda, que engatuzaste a la gente con frases para dejarnos con el ojo cuadrado. Soltando «coste-beneficio»s, «colateral social»es e «inversión activa de los capitales», como quien le va poniendo salsa a los tacos. Nos tiraste labia sobre los bancos y sus «créditos inaccesibles». Se nos aguó la boca con los números de los «intereses sobre nuestra inversión». Quesque solo teníamos que poner un poquito más cada semana, hacer mini-tandas con amigos de nuestros amigos. Nomás eso y podríamos pagar la mensualidad del coche, el arreglo del baño, los útiles de los niños, el velorio de la abuelita o lo que se ofreciera. Te conocemos desde chiquito, cabrón. Tú sabes que la gente aquí se la rifa día a día. Nuestras mamás, nosotros. Tú eras nosotros. Nos la rifamos así por años.
Y te chingaste el varo de la tanda, pinche Botas.
Eso no se hace.
La neta sí, quería vengarme; pero yo no soy como el Moncho. Mi venganza fue contarle tu historia —nuestra historia— a la güerita que vino al tianguis del martes. Viene cada tanto a entrevistar gente para su tesis. Quiere explicar cómo funciona el «contrato social» de poner dinero cada semana por puritito acto de fe; y que cada semana se le entregue el total a alguien diferente. Está difícil. No sé si la gente en sus oficinas, salones y departamentos pueda llegar a entender eso que hacemos —que vivimos— de nomás leerlo. Pero sí creo que esta chava va a sacar buena calificación: se le ve inteligente como tú, pinche Botas. Como tú, ella también dice cosas que suenan chingón. Yo le dije que te pasaste de huevos; ella dice que te faltó «conciencia de clase».
N. del. E: Este texto fue escrito para una de las sesiones del Laboratorio de Narrativa en febrero de 2026. Si quieres saber más sobre cómo funcionan las tandas, este paper es muy completo.
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