La Mimosa
Un texto basado en un relato oral de violencia ocurrido, hace más de una década, en una ciudad mexicana cerca del Golfo de México.
Desde su camerino, enfundada en el outfit del día y con la faja torneadora apretándole el aliento, Janeth se abanicaba el calor de las luces que rodeaban su espejo. Con la mano libre, absorbió con un algodón la gota de sudor que amenazaba con arruinarle el maquillaje a minutos de entrar al aire. Agitaba la mano mirando su reflejo; sopesando el fajo de cartas que le soplaban aire fresco, agitando el tinte dorado que recién se había retocado hacía unos días. El bloque de papel se sentía ligero. Su fanmail seguía menguando. Le preocupaba. No era solo el efecto de las redes sociales, que habían acelerado el declive en el uso de papel; sabía que eso de mandar cartas ya no era algo a lo que se acostumbraba. Precisamente por eso, cada carta recibida era la confirmación de la manera de confirmar y contabilizar a sus verdaderos fans. En su escala de medición, esos valen diez —cincuenta— veces más que los followers.
El que fueran menos cartas no era lo peor. Había echado un vistazo al pasar por recepción —un gesto casual que ocultara la envidia—: las pilas de cartas para sus co-conductoras eran más altas que la suya. Las inseguridades diarias, que desde hace unos meses le acompañaban diariamente durante todo el rodaje, la recibieron en el lobby y la acompañaron a través del ritual de vestuario, peinado y maquillaje. «Ellas son más jóvenes, más guapas, más amigables, brillan ante la cámara, les queda bien todo lo que se pongan», le repetían incluso ahora, durante la breve pausa que se daba antes de iniciar la grabación. Abrió la primera carta, buscando distracción y aprecio. Estaba escrita con letra grande y ostentosa. Enviada por otro de esos güerquillos que se sentían poderosos. Éste también la invitaba a pasar unos días en su rancho, a pagarle la fiesta con puro Buchanan’s y banda recia. Janeth se rió con ternura. «Si fueras poderoso de verdad, no andarías mandando cartas a la tele», le dijo al sobre cuando lo tiró dentro de un cajón. Leyó luego una postal con la foto de un pueblito en Nayarit; el autor le declaraba amor eterno con letra pequeña y grandes errores de ortografía. Otra carta, en un sobre con olor a colonia, mencionaba un desamor, el corazón roto; alababa su figura, las poses que acentuaban su cuerpo curveado; la consideraba la razón que lo mantenía con vida; verla siempre sonriente compensaba los llantos que le causaban los videos musicales que ella presentaba; esos que trataban de caballos, trokas y rompimientos.
—Cinco minutos, Janeth —anunció la voz del asistente de producción, al otro lado de la puerta.
Janeth dio unos suspiros, practicó unas sonrisas, calentó la voz frente al espejo unos segundos: «Fa-ma. La-fa-ma. A-ma-a-ma-ma-la-fa-ma». Se irguió altiva. Giró sobre su eje, se miró los tacones de aguja, comprobó la curvatura de la espalda, la altura del escote, la tensión de los antebrazos. Dio un último resoplido antes de abrir la puerta y salir rumbo al plató.
Janeth, «La Mimosa», entró a cuadro con pasos decididos; apareció en la pantalla del bar-de-mala-muerte, balanceándose sobre sus tacones de quince centímetros. Su imagen torneada e impoluta iluminaba la penumbra del cuartito en obra negra y calor pegajoso. Un hombre con los ojos afectados por el alcohol daba golpes sobre la mesa, invadido por la lujuria. Aulló a la oscuridad dando lengüetazos al aire. Se reía. Al otro lado de la mesa, su compañero de borrachera permanecía en silencio. Lo desafiaba con la mirada.
—¡¿No ehcuchaste pueh, verga?! —gritó, comiéndose las «eses», como hace la gente de esta zona del Golfo de México. El que aullaba guardó la lengua, contrariado. Cambió de gesto a uno más grave.
Un tren pasaba cerca. El ruido en las vías ahogó la música del video que La Mimosa acababa de presentar.
N. del. E: «La Mimosa» es una presentadora de televisión a la que «El Ferras» —quien se convirtió en uno de los primeros memes mexicanos— menciona por nombre en el video que lo hizo famoso. En él, «El Ferras» habla con picardía y ocurrencias, en un monólogo lleno de frases memorables que describen una vida y unos actos sumamente violentos.
Este texto está basado en un relato oral de la violencia (tema de una de las sesiones «no-tertulia» a las que asiste el autor).
Más Desvaríos
Describir la violencia
Esta es mi tesis: describir la violencia require una racionalización que solo puede hacerse lejos de la misma. Es decir, para poder explicar cómo se siente la violencia es necesario no estar viviéndola. Y no me refiero a «viviéndola» en el sentido de que la violencia exista a tu alrededor mientras vas a comprar un kilo de mandarinas al supermercado; me …




