Katamari
En lugar de una mariposa, fue una mula la que desencadenó el final de todo.
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En lugar de una mariposa, fue una mula la que desencadenó el final de todo inicio hacia «La Nada».
Esos diez puntos negros sobre un fondo blanco fueron la base sobre la que, en 2010, juntamos todas las pequeñas perlas viscosas que arrancábamos para desmontar la expo de un proyecto de más de mil fotografías sobre el reencuentro de una pareja separada por años por un océano del mismo color que el material que habíamos usado para fijarlas a la pared —«Blutag» le llamaban al material de éste lado del charco, donde estaba él, «moco de chango» le llamaban de donde había venido ella.
El amasijo resultante quedó abandonado a los designios del azar por casi una década. Mientras tanto, siguió creciendo. Cuando lo volví a tener presente, una capa de polvo cubría la masa azulosa como un manto que acumulaba fragmentos microscópicos de memoria. Sumados al polvo, había otros elementos con un anclaje vago al tiempo y al propósito: una liga poco elástica, una espada que hizo las veces de palillo para la aceituna de un vermut, una corcholata de «Ponymalta» colombiano, una patineta para dedos, el muñeco de una rosca de reyes —rígido, en posición de firmes—, la vela de algún cumpleaños —¿mío?—, una semilla envuelta en plástico.
Decidí ponerlo en mi escritorio; tenerlo a la vista, mantenerlo controlado. Lo miraba de reojo mientras enviaba correos, tiraba líneas de código o lo que sea que hacía en esos tiempos. Parecía siempre igual, pero aprovechaba la incapacidad humana para no notar los pequeños cambios en periodos largos. Se fue haciendo de elementos cercanos: un cochecito azul promocional de una animación de Pixar, un cerdo y una orca de plástico —hundidos a medio cuerpo en horizontal el primero, vertical la segunda—. Empezó a aglomerar cosas cada vez más grandes —fue cuando empezé a notar la diferencia—: una impresión 3d de un texto verde ilegible, una estrella de luces de Navidad, la réplica de un huevo en escala 1:1, la piña de un pino catalán. El Katamari crecía y su apetito se incrementaba. Las anexiones pasaban de los meses a las semanas a los días. Cada vez más pronto, cada vez cosas más grandes. Absorbió monedas, puntos de libro, bolígrafos y cables cercanos. Tuve que mover mi ordenador a otro lado porque el escritorio dejaba de ser mío.
Recuerdo el momento en que supe que sería imposible detenerlo: fue al salir de la cocina y ver que el muñeco de un castor vestido con tirolesa tenía una de las patas atrapada entre un frasco de tinta china y una moneda de un euro. Al final de ese día, la ardilla con pajarita y la alcancía de Asterix habían sido convertidas en apéndice con pocas horas de separación. El orden de magnitud de lo que absorbía y la frecuencia se incrementaban. Supe que nos engulliría a todos. A todo. El Katamari absorbió libros —entre ellos mi copia del «Bestiario» de Borges—, fotos y posters cercanos, el cono veterinario, la caja y cama del perro (sin el perro, de momento). Se anexó el pequeño archivero con mi colección de «gadgets» tecnológicos y continuó temático con la laptop, el monitor y los parlantes hasta deglutir el escritorio entero. Pasó al acopio de habitaciones; se llevó las sillas, mesas y libreros del salón, la cama y el ropero de la habitación, todo el baño y la cocina. Explotó por las puertas y ventanas para agregar a su masa primero pisos y luego plantas enteras. Siguió con edificios, calles, manzanas y barrios. Rodaba por las calles, cada vez con más masa y con más inercia. Hizo acopio de distritos y zonas urbanas completas y, en minutos, la ciudad toda. A Barcelona le siguieron Hospitalet, Sabadell, Tarragona. Con la inercia de semejante tamaño, se hizo con Zaragoza, Valencia y Madrid (las comunidades autónomas). El Katamari consumió países, continentes, océanos y el planeta entero.
Llegado a este punto cósmico, desde una perspectiva humana, las cosas parecerían haberse relentizado. Absorber lunas, planetas y estrellas requiere de décadas, siglos y años luz. Pero para el Katamari, coleccionista paciente, el tiempo se percibe diferente. Cuando toda la materia cercana haya sido absorbida, su masa lo convertirá en una «enana negra», implotará para dar paso a la era de los agujeros negros, absorberá toda la materia errante por el universo, se convertirá en un hoyo negro supermasivo que, explotará para generará la última luz en el universo. Esclavo de la entropía, buscará materia sin encontrarla. No habrá qué absorber ni energía para intercambiar. No habrá nada. Lo único que queda, es el aquí y ahora, contenido en la posiblidad literaria que comenzó dos mil trillones de trillones de trillones de trillones de trillones de trillones de años después de que tumbé esa ficha de dominó sobre una mesa en el segundo piso en el que viví en Barcelona. Y ahora que la página se acaba, es el fin de la narrativa. Ya nada pasará y continuará sin pasar para siempre.
N. del E. Empezamos el año fuerte y el texto va acorde. Si tienes treinta minutos, vale mucho la pena ver el video que inspiró la última parte del texto. Y, por si tienes dudas, este otro sobre qué es un Katamari.
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Saberse mortal
Parte de 148p: historias de ficción (o auto-ficción) contadas en ciento cuarenta y ocho palabras exactas.
N. del E.: Aquí debería ir el link a «lo mejor del 2025», pero como aún no se ha hecho, aquí está el de un año atrás:




